Casa de Manuel Padorno, Punta Brava

Las Palmas de Gran Canaria · Categoría: Memoria · Subcategoría: Lugares históricos

Desnudo en Punta Brava (1990), aparecido en una colección de difusión nacional como es Hiperión, con un dibujo suyo elemental en cubierta, y con el consabido autorretrato lineal como frontispicio, constituye un hito trascendental en la trayectoria poética padorniana, como tal percibido por la mayoría de quienes veníamos siendo sus lectores. Por los textos poéticos anteriores sabíamos que tras regresar a Las Palmas los Padorno residieron en la Ciudad Alta. Ahora gracias a este poemario conocemos su definitiva casa grancanaria, “casa de la vida” que por mi parte no dudo en calificar como una de las más hermosas que me ha sido dado conocer nunca, casa abierta al mar, casa en Punta Brava, en un extremo de la Playa de las Canteras –un retorno al espacio de la adolescencia–, casa azul y blanca, con azotea –ahí el lugar de la pintura–, casa en el centro de la cual se abre el amplio despacho en penumbra, con sus altas bibliotecas acristaladas, y en ellas lo mejor de la poesía canaria, española, latinoamericana, universal, y en ella también lo más granado del arte moderno, de un pintor-poeta como Schwitters a los amados expresionistas abstractos norteamericanos, que constituyeron para Padorno –tanto para el Padorno pintor como para el Padorno poeta– una lección de intensidad y a la vez de contención. Memorables son muchas de las composiciones que de 1989 –fecha de su instalación en ella– en adelante le inspirará aquella “casa del nómada”, de un nómada que ha vuelto para siempre aunque a veces piensa lo contrario, que debía haberse marchado para siempre. Aquí mismo, en esta suerte de diario de una adaptación –“la región bondadosa deja oír / cómo aprender a oír de nuevo todo”–, en este volverse a convertir en “discípulo del mar” –así se titulaba la segunda sección de A la sombra del mar– están el ruido de las olas por la noche, la luz, el ron Habana, “un barco / desleído en azul, sobre la línea / del horizonte”, el sol, el vuelo de una gaviota que “va dormida, / estampada en el aire”, otra “que raya / el horizonte y sale”, una falda por el atardecer, un perro que ladra, unas nubes, la recordada “azalea de la infancia”, la caterpillar que rasura la arena, los gimnastas, los ciclistas, un mariscador por La Barra... No faltan los homenajes: en “Oyendo a Europa” al purísimo Edvard Munch –descubierto en un viaje a Noruega, y objeto de varios de sus homenajes pintados de la serie Nómada urbano–, y en “Efigie” a Mallarmé, caminando fuera de su 89, rue de Rome. También resultan dignos de ser subrayados los acercamientos al sentido de la propia pintura, que realiza “cegato”, y a propósito de la cual invoca nuevamente a Giotto.

Guía para una lectura de Manuel Padorno, de Juan Manuel Bonet

28.135643, -15.440183