Cruz del Inglés / Batalla de El Batán

Las Palmas de Gran Canaria · Categoría: Memoria · Subcategoría: Lugares históricos · Año: 1599

[...] a las once de la mañana del sábado 3 de julio de 1599, los centinelas dieron el grito de alarma; algunos caballeros acudieron a reconocer al enemigo y pudieron comprobar la certidumbre de ella. Veíase avanzar, en efecto, a una poderosa formación holandesa, compuesta por unos 4.000 hombres, con catorce o quince banderas, distribuidos en cinco escuadrones. Los invasores, acuciados por el cebo de las riquezas de la ciudad, que suponían escondidas en la Vega, enviaban hacia el interior de la isla esta imponente columna con el propósito de hacerse con ellas u obtenerlas, de manera indirecta, por medio de un crecido rescate.

En aquella mañana de julio, el calor era sofocante y el sol abrasador. Las tropas holandesas, acostumbradas a las brumas del norte, marchaban sedientas y jadeantes, soñando con las frondas del monte Lentiscal, que les prometían sombra, descanso y agua. Al llegar a Tafira baja, el comandante Gerardt Storm van Weenen mandó detenerse a la columna, dividiendo toda su gente en cinco escuadrones y situando en vanguardia una manga de 300 mosqueteros y otra de igual número a retaguardia para estar prevenido contra cualquier sorpresa.

Hasta entonces, los holandeses habían marchado con cierto desorden, entreteniéndose algunas partidas en quemar a su paso las mieses y las casas de campo; pero ahora que se disponían a penetrar en el frondoso bosque del Lentiscal, poblado por majestuosos acebuches, lentiscos y mocanes, juzgó el comandante Strom necesario marchar unidos y alertas temiendo por momentos alguna emboscada de los españoles.

En efecto, éstos, después de cortar y cegar la única acequia del monte, que discurría a la entrada del mismo, se situaron agazapados a ambos lados del camino, midiendo la distancia que les separaba del enemigo. La sed consumía, mientras tanto, a los expedicionarios, que apenas si podían mitigarla en algunas charcas cenagosas en las estribaciones del monte.

En aquel paraje convergían los caminos de la Atalaya y de la Vega, y Gerardt Storm escogió este último, aleccionado por algunos de los prisioneros, que como prácticos del terreno conducía, y decidido a internarse en el monte Lentiscal para alcanzar por Tafira Alta el pueblo de Santa Brígida.

[...] Pamochamoso, con el pequeño núcleo de fuerzas que le seguían, llegó así, a marchas forzadas, a un cerrillo denominado "el batán", a cuyos pies se extendía la gran mancha del bosque que acababan de atravesar, y dio orden terminante de hacer alto en la marcha.

Su propósito era firme e inalterable: había que detener, sin dar un paso más atrás, al enemigo, pues éste amenazaba ya con saquear la Vega, abriéndose paso hacia el interior de la isla.

El momento llegado para el ataque, el gobernador interino Pamochamoso quiso sorprender al enemigo con todo el aparato de una auténtica batalla, pese a la cortedad de sus fuerzas, ordenando al capitán Juan Martel Peraza de Ayala que hiciese redoblar los tambores durante largo rato y al alférez de dicha compañía, Agustín de Herrera y Rojas, que enarbolase su bandera repetidas veces a vista del enemigo.

Estos sones marciales llegaron a oídos de los holandeses cuando se disponían a penetrar en medio de aquel valle cubierto de espesa arboleda. Se encontraban en el paraje que más tarde se llamaría «la cruz del inglés» [...]

El teniente ordenó entonces al capitán, Pedro de Torres Santiago, que con sus hombres, y otra partida de veinte más, en total unos treinta, armados todos con lanzas, escaramuzasen escondidos, mientras enviaba el oportuno socorro. El capitán Torres distribuyó su gente a ambos lados del camino y ocultos entre la arboleda hostilizaron tan hábilmente a los holandeses, que los primeros soldados retrocedieron atemorizados, hasta que cundiendo el pánico en las filas enemigas se desbandaron por el monte ladera abajo.

Fueron inútiles cuantos esfuerzos realizó el capitán Diricksen para contener, aun a golpes, a sus indisciplinadas huestes; su obstinación en tal empeño había de costarle la vida ante el empuje avasallador de los isleños. Éstos, con refuerzos traídos por el sargento mayor Heredia, siguieron hostilizando por los flancos y por la retaguardia el escuadrón holandés, que iba dejando diseminado por el campo, cual auténtico reguero, hombres y armas.

[...] en su precipitada huida, los holandeses tuvieron que abandonar a una compañía propia, que con ánimo de pillaje había descendido por el barranco del Dragonal, y a distintos grupos de soldados sueltos, que con el mismo fin se habían desperdigado por los montes vecinos. Unos y otros fueron presa codiciada de los naturales [...]

Así finalizo la famosa expedición, con la que tantas veces amenazara Van der Does a las autoridades de la isla, prometiéndoles pasar todo «a sangre y fuego» y traer cautivos a sus habitantes.

[...] La isla de Gran Canaria puede decirse que se salvó para España en aquellas decisivas horas, en aquella gloriosa jornada. Jamás, ni antes ni después en su historia, estuvo tan a riesgo de romper, aun a costa de su sangre, los vínculos que la unían con la patria.

28.051688, -15.469354