El nómada sale (poema a Domingo Rivero)

Las Palmas de Gran Canaria · Categoría: Literatura · Subcategoría: Fragmentos literarios · Año: 1980-87 · Autores: Manuel Padorno

El poeta Manuel Padorno incluyó el poema Domingo Rivero en El animal perdido todavía (1980-1987), texto que rindió homenaje al autor de Arucas que no pudo conocer pero al que, sin duda, admiró.

«Abre la puerta de su casa tras de La Catedral, calle Gradas [actual calle Felipe Massieu Falcón], 5. Sale. Ladea lento el callejón de San Marcial. Dobla Obispo Codina, que crepita. Cruza el Puente de Piedra lentamente. Se detiene. Mira enfrente, hacia arriba. ¿Qué ve? ¿Qué mira? ¿La piedra que cae? ¿Por dónde? ¿Entre renglones incandescentes? Es el desmoronamiento del muro de barro bajo el sol del mediodía borroso. El calor que martillea implacable con su soplo posesivo. El cristal del torreón espejea. Domingo Rivero se lava los ojos con las manos. El calor que tumba, el viento calmo que lame quemante el filo, descoloca la piedra de su basamento, la remueve ligeramente, suficiente. El oleaje de fuego lame seco. Pasa un carro. El arriero azota blandamente el mulo llameante, con injurias, preparándolo, aguijoneándole para que suba la cuesta de la Catedral de un largo tirón sostenido. El mar reverbera, al fondo. Olla hirviente, gaseosa. Flota la nave blanca diluida sobre las brasas de la lejanía. Por el Guiniguada abajo rueda profundamnte ávida la sequía. Corren las piedras rotas desmenuzándose, avanzan derretidas. Barranco Guiniguada abajo estallan, de cuando en cuando, los callaos. Tiembla, en el lateral, el palo bobo, la ceniza.

Domingo Rivero inmóvil sobre el Puente de Piedra. Mira el mar. Contempla, con los ojos cerrados, el mar del aire, bullente. Bajan ramos de llamas. Amontonadas ascuas despacio. A la izquierda, en La Plazuela, sentado en un banco, alguien lee, dormido. Bajo la fronda del laurel espeso alguien duerme con el periódico en la mano, sentado, incorrupto. La calle Muro se recuece. La ventana cerrada, hermética. Arde la acera. El naranjo famélico humea. Domingo Rivero camina por entre el incendio, vestido de negro. Con su sombrero oscuro. Su barba anciana sedosa. Lentamente. Por entre el humo. Arrumba la Plaza Cairasco, embarrancada. Al otro lado, la Alameda de Colón que se fondea, retrancada. Larguísima barcaza hundida. Bartolomé Cairasco de Figueroa lo ve venir, con aprecio. Culturalmente. Piedra inmutable que se vierte amistosa. Y le saluda, alongándose. Don Domingo Rivero manosea el aire último en silencio, en el espacio canario, la piedra canaria. Domingo Rivero es una llama que callejea despacio, que manosea la piedra líquida incendiada entre los dedos; la piedra tallada de su poesía. Única.

Se detiene. Mide, con sus ojos, la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Mensura sus calles, literariamente. Social. Y, amedrentado, con ironía, sílaba tras sílaba, estampa en el álbum municipal grancanario su casta sentencia:

Soy el mejor poeta de mi calle, aunque,

la verdad, mi calle no es muy larga.»

28.100865, -15.414199