La Peregrina de Alzola

Las Palmas de Gran Canaria · Categoría: Memoria · Subcategoría: Lugares históricos

Aunque pasa desapercibida, como una arteria discreta que conecta el barrio de Triana con el casco histórico de Vegueta, la calle Peregrina esconde siglos de historias detrás de sus fachadas. Su último y reconocido residente, el historiador José Miguel Alzola, trazó una minuciosa genealogía de este atajo urbano, en su obra Biografía de una calle: La Peregrina. «No reparamos lo suficiente en el entorno que frecuentamos», reflexiona el historiador en su obra.

Cuando se fraguó a finales del siglo XV, con la formación del Guiniguada y la maraña urbana de Triana, las tartanas transitaban con parsimonia por sus adoquines. Pero hoy es una calle peatonal que une la calle Remedios, antesala de la plaza de Las Ranas y nombrada a partir de una ermita del siglo XVIII, con la calle Malteses, que homenajea a los comerciantes de Malta que instauraron tiendas en la vía. Con un leve quiebro a la mitad, la Peregrina no puede presumir de longitud ni de anchura, pero puede hacerlo de antigüedad y belleza. La fisonomía de sus 18 fachadas, nueve en cada acera, ha mutado y, a la vez, sobrevivido al transcurso de los siglos, mientras que, en su interior, han convivido comerciantes, clérigos, abogados, artistas y conspiradores.

Tras el portal número 7, se alza una mansión desocupada que, en el siglo XVI, fue un pasadizo largo que desembocaba en una amplia manzana, donde se atesoraban las huertas de las calles Remedios, Doctor Domingo Déniz, Malteses y Peregrina. Un siglo más tarde, se edificó una casona y, entre sus múltiples inquilinos, vivió la gran soprano Pepita Miñón, que, tras su regresar de La Habana a Las Palmas de Gran Canaria en 1962, ofreció actuaciones memorables junto a Alfredo Kraus. También un siglo antes, en 1864, se instaló al final de la calle, en el número 17, el célebre poeta Domingo Rivero, autor del hermoso poemario Yo a mi cuerpo, y a finales del siglo XVIII, el número 1 de la Peregrina, que colinda con Remedios, alojó el Hotel Europa, que regentaban Ramón López y su mujer, Dolores Álvarez, por cuyo amor viajó el primero desde Cuba después de quedarse prendado de ella, con solo 14 años.

En cuanto al compilador de los derroteros de la Peregrina, José Miguel Alzola residió durante más de 60 años en el número 15, situado junto al actual y mítico piscolabis de Las Rosas. La familia Alzola adquirió el inmueble a finales del siglo XVIII, que entonces pertenecía al convento de las religiosas bernardas. [...]

Entre los siglos XVIII y XIX, la compra de inmuebles en la Peregrina abría unas perspectivas sugerentes, puesto que en ella se concentraban las más prestigiosas tiendas de la ciudad. Uno de sus edificios más señeros se alza tras el número 4. Se trata de un edificio dieciochesco de tres plantas con sillares de cantería, cuya fachada no se ha alterado con obras posteriores, aunque inicialmente albergaba sólo el piso inferior. En él, montó sus lonjas la pareja de comerciantes Juan Casares y Josefa de Castro, que se nutría de los abastecimientos de azúcar, miel y rapaduras de una docena de comerciantes palmeros, que recorrían las calles de la Peregrina y Malteses con artículos importados de la isla bonita. [...]

[...] el edificio vetusto y decorado con galerías de madera, situado en el número 9, cuya fachada fue restaurada en 1929 por el arquitecto Rafael Masanet, es hoy el único edificio de la Peregrina que posee un escudo en su fachada, que coló Néstor Álamo en 1980. Pero en su interior nació el escultor Juan Márquez en 1903, que se familiarizó con formones y gubias durante su infancia y, tras pasar por la Escuela Luján Pérez y trabajar en París con una beca del Ayuntamiento capitalino, se convirtió en uno de los mejores escultores y diseñadores de muebles a su regreso, siendo artífice de los que decoran los principales edificios institucionales. [...]

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