Muerte en abril
Las Palmas de Gran Canaria · Categoría: Literatura · Subcategoría: Fragmentos literarios · Año: 2004 · Autores: José Luis Correa
Muerte en abril es la segunda novela de Ricardo Blanco, el detective canario amante del jazz, las mujeres, el cine y la novela negra. Su autor, José Luis Correa, forma parte de la denominada "Generación 21" de nuevos novelistas canarios.
«[...] En uno de los callejones que serpentean en el corazón de Vegueta había un pequeño bar al que acudían los funcionarios de los Juzgados en su breves descansos. A esa hora apenas había gente. Decidí esperar allí a que Elvira acabara su jornada. Hice votos para que el bufete sólo tuviera la puerta principal y que la mujer no pudiera darme esquinazo saliendo por una trasera. Por otro lado, yo sabía bien que las casas terreras del barrio antiguo difícilmente dan a algún garaje, aparte de que me hubiera extrañado que Elvira lo utilizara después de la experiencia con su violador, quienquiera que fuese. A las dos menos cinco pagué la caña, que no llegué a probar, y volví al empedrado de los Balcones. Me dediqué, mientras se hacía la hora, a leer los anuncios que notificaban las próximas exposiciones del CAAM, entre las que descollaba una miscelánea de pintura moderna japonesa. Una máscara horrenda me hacía muecas desde un cartel de vivos colores.
No pasaron ni cinco minutos cuando Elvira Verona salió del caserón acompañada por la muchacha que había estado aguardándola dentro. Andaban agarradas del brazo en ese gesto tan afectuoso con que las mujeres caminan mientras se hacen sabe dios qué confidencias. Las seguí, guardando las distancias, por las calles de Vegueta. Las vi doblar la esquina en dirección a la Casa de Colón. Bajaron la callejuela que lleva al Teatro Guiniguada. Cruzaron la autovía por el paso de cebra y fueron a sentarse bajo la sombrilla blanca de una de las terrazas del Bulevar Monopol. Para enmascarar mi presencia escandalosa—yo debía de ser el único que andaba solo por las terrazas a aquella hora—, compré unas revistas en el quiosco de la Plaza de las Ranas y tomé una mesa cerca de la de ellas pero evitando quedar a la vista de Elvira. [...]»
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