A cuatro días de Santa Cruz

Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Literatura · Subcategoría: Fragmentos literarios · Año: 1949 · Autores: Paul Bowles

El escritor Paul Bowles (Nueva York, 30 de diciembre de 1910 - Tánger, Marruecos, 18 de noviembre de 1999) vaciló, al principio de su carrera, si dedicarse a la música o a la literatura. A partir de 1941 se concentró en ésta, dando lugar a un verdadero encadenamiento de obras magistrales. En 1947 se instaló en Tánger, en donde pasó la mayor parte de su vida. Dos años más tarde, en 1949, año de la publicación de su novela más afamada, El cielo protector, Bowles escribió un pequeño relato que tituló "A cuatro días de Santa Cruz". En él narraba las peripecias de un marinero de nombre Ramón, embarcado en un buque que hace escala en la capital de Tenerife. Este relato, recogido en una recopilación titulada "Cuentos escogidos" publicada por la editorial Alfaguara en 1995, presenta a Santa Cruz de esa manera tan peculiar y característica de Bowles:

«Ramón se enroló en Cádiz. La primera escala del barco fue en Santa Cruz de Tenerife, a un día y medio de la partida. Entraron por la noche, poco después de oscurecer. Los reflectores que circundaban la bahía iluminaban las escarpadas montañas desnudas, tornándolas verdes como la hierba contra el cielo negro. Ramón permanecía junto a la barandilla, observando [...]

[...] Tan pronto como el barco ancló, una multitud de buhoneros hindúes subió a bordo con encajes y mercaderías bordadas para los pasajeros que pudieran no desembarcar [...] 

[...] Empezó a andar rápidamente por la ciudad, sin prestar atención a dónde se dirigía. Con los ojos fijos en el horizonte imaginario, cruzó la plaza, recorrió el ancho Paseo de Ronda y se internó en las callejuelas [...] La cantidad de gente por la calle iba aumentando a medida que abandonaba el centro de la ciudad, hasta que al llegar a lo que parecía un barrio alejado, en el que las tiendas eran meros puestos de feria, se vio forzado a seguir lentamente al paso de la multitud [...] En el exterior de algunas casetas había alambres tendidos; de éstos, colgaban, sujetos por las puntas, muchos de aquellos cuadrados de tela, luciendo sus brillantes colores al resplandor de las lámparas de carburo [...]»

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