Ataque de Robert Blake
Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Memoria · Subcategoría: Lugares históricos · Año: 1657
El ataque a la bahía de Santa Cruz realizado en 1657 por parte de una flota inglesa comandada por Robert Blake es uno de los hechos militares más importantes en el devenir histórico de la ciudad. Como reza su escudo, Santa Cruz se considera "invicta", pues, al contrario que otros lugares del archipiélago canario, nunca sufrió saqueos, aunque ante el asalto acometido por las tropas de Blake, el lugar estuvo en inminente peligro ante el potencial bélico que desplegó el enemigo. Finalmente la flota inglesa fue rechazada por las defensas isleñas, hecho que le valió a Santa Cruz incorporar a su escudo la primera cabeza de león de las tres con las que cuenta.
El almirante Robert Blake (1599-1657) es una de las numerosas figuras gloriosas de la laureada marina de guerra británica. Había zarpado de Inglaterra con 26 navíos en la primavera de 1656, con la misión de impedir las comunicaciones de España con su imperio americano, logrado su objetivo por medio de un feroz bloqueo al puerto de Cádiz, y la total destrucción de una flota de Indias en la bahía gaditana el 8 de septiembre de 1656. Se esperaba otra flota española y durante ocho meses Blake se mantuvo al acecho.
La segunda flota de Indias, compuesta de dos galeones y nueve navíos mercantes, había salido de La Habana a finales de diciembre de 1656. La mandaba el almirante Diego de Egues y Beaumont, capitán general de la flota de Nueva España. Ante las noticias del desastre de Cádiz y sabiendo que los ingleses estaban al tanto, el convoy tomó rumbo a Canarias, llegando a Santa Cruz de La Palma el 18 de febrero de 1657, con el propósito de obtener noticias sobre los movimientos enemigos e instrucciones para saber cómo actuar ante el bloqueo peninsular. Como en La Palma nos se sabía nada, pasó inmediatamente a Tenerife, donde llegó a Santa Cruz el 22 de febrero. Era capitán general de Canarias Alonso Dávila y Guzmán, que inmediatamente se dio cuenta del peligro que corría no solo la flota de Indias sino también Santa Cruz al darle refugio. Propuso al almirante que esperase en Tenerife órdenes de Madrid y, mientras tanto, que pusiese a salvo en el interior de la isla su precioso cargamento, pero el almirante desoyó sus consejos y a los cuatro días zarpó para la península. Una avería en la nao capitana le hizo regresar al puerto de Santa Cruz, de cuyas defensas no se fiaba. Tras el regreso, los militares cambiaron impresiones sobre las medidas a tomar ante un inminente ataque. Se convino en la necesidad de desembarcar la totalidad del tesoro, depositándolo a buen recaudo en La Laguna. Los 24 cañones con los que contaban los buques mercantes de la flota fueron distribuidos por las distintas fortalezas y baterías costeras. Casi dos meses estuvieron en una tensa espera hasta la llegada de los ingleses a Santa Cruz.
El 28 de abril de 1657 la flota de Blake, compuesta de 33 navíos, estaba situada frente a la punta de Anaga. El castillo de San Cristóbal disparó dos cañonazos de alarma, se tocaron las campanas de rebato y partieron rápidamente correos y mensajeros hacia La Laguna donde residía el capitán general. En Santa Cruz se encontraban fondeados 16 navíos, de los cuales 11 (dos galeones y nueve buques) formaban la flota de Indias, ubicados todos entre Paso Alto y el castillo de San Cristóbal, colocados los más pequeños muy cerca de la costa y los mayores anclados en primera fila del frente. Sobre las ocho de la mañana del 30 de abril los navíos ingleses enfilaron la costa y se lanzaron a degüello sobre los buques españoles con intención de abordarlos, capturarlos y recoger todo lo de valor que hubiera en ellos. La posición de los barcos españoles impedía el cañoneo desde los castillos y baterías. A las once de la mañana solo seguían ofreciendo resistencia los dos galeones españoles, pero en un estado lamentable ante la descarga de fuego inglés. Entonces, un proyectil enemigo mandó al fondo un galeón español; el otro, la capitana, resistió algo más, pero finalmente fue volada por los propios españoles para que no fuera capturada. Los ingleses se lanzaron rápidamente en lanchas de desembarco con el objeto de capturar las demás embarcaciones que habían quedado varadas en las playas, siendo rechazados en todas las ocasiones por el fuego desde tierra.
A comienzo de la tarde la batalla había terminado. De los 16 navíos españoles solo quedaron a flote dos mercantes capturados por los ingleses, pero tan maltrechos que tuvieron que ser incendiados. Los asaltantes tardaron bastante en alejarse, tanto por las dificultades de navegación de los barcos que habían sido alcanzados por las balas españolas, como por el fuente viento contrario reinante, lo que fue aprovechado por las fortificaciones costeras para seguir haciendo blanco sobre la escuadra en retirada, que logró dejar la bahía sobre las siete de la tarde.
El resultado, curiosamente, contentó a los dos bandos: por un lado, los ingleses destruyeron la flota española, aunque no se pudieron llevar nada de lo que venían buscando; por otro, los españoles contuvieron la acometida (solamente en Paso Alto cayeron 1.200 proyectiles y 200 palanquetas), custodiando con éxito el tesoro valorado en unos 10 millones de pesos puesto a resguardo en el interior de la isla. Al año siguiente, con las aguas mucho más calmadas, dicho tesoro fue remitido a la península.
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