Bahía de Santa Cruz

Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Literatura · Subcategoría: Fragmentos literarios · Año: 1883 · Autores: Olivia M. Stone

La viajera británica de origen irlandés Olivia Mary Stone realizó un periplo por las Islas desde septiembre de 1883 hasta febrero del año siguiente. De esta estancia surgió el libro: Tenerife y sus seis satélites, publicado en Inglaterra en 1887. Se trata de una obra que ocupa un lugar excepcional en la extensa literatura de viajes sobre el Archipiélago por su amenidad narrativa, por su incesante curiosidad y por la reseña que contiene sobre variados aspectos de la cultura y la realidad social de Canarias de finales del siglo XIX.
Destacamos de este libro, en esta ocasión, el pasaje que narra su entrada a bordo del vapor Paraná en la bahía santacrucera en aquella tarde del 5 de septiembre de 1883. En él nos describe un litoral hoy totalmente transformado, cuya cruda y sencilla belleza quedaba enmarcada por la majestuosidad de la cordillera de Anaga. 
“La vista de la bahía es muy bonita. La ciudad se asoma al fondeadero, subiendo por la montaña que se eleva inmediatamente desde la orilla del mar. Las casas, con numerosos balcones, están pintadas de distintos colores, dando variedad a una ciudad que destaca por sus tejados planos. En el puerto de Santa Cruz el dique penetra en el mar formando un ángulo recto con la playa. Un pequeño embarcadero de piedra sobresale a mitad de camino, en el costado occidental, formando una especie de muelle que ofrece la escasa protección posible. Aunque no sirve como protección para los barcos, es muy práctico para desembarcar en botes. Las torres de las dos iglesias principales destacan claramente sobre las casas en aquel aire transparente. Sin embargo, la belleza del paisaje radica, sobre todo, en la abrupta curva que la bahía dibuja hacia el lado oeste de las montañas de Anaga. La ciudad resplandeciente, las aguas tranquilas del fondeadero, aun con algo de mar de fondo, sobre cuya superficie flotan barcos de diversas formas y nacionalidades, la atmósfera de actividad que existe sobre el muelle y en los pequeños botes del desembarcadero, la ancha y extensa curva de la bahía realzada claramente por la espuma donde el mar rompe en la playa oscura, todo conforma una escena plácida y agradable. El asombro y la grandeza, las características principales que hacen que merezca nuestra atención y que le dan una individualidad y majestuosidad pocas veces igualadas, surgen ante el abrupto final de la bahía, de suave arco, bajo los implacables acantilados de las montañas al oeste. Éstas se amontonan con sus perfiles desiguales y dentados, elevando sus crestas salvajes en el cielo azul de una forma a la vez grandiosas, hermosa y sobrecogedora. La zona norte de Tenerife, desde la Punta de Anaga hasta la capital, es una masa convulsa de montañas volcánicas. Los valles que se ocultan en estos parajes solitarios, regados por el rocío de la montaña y calentados por un sol subtropical, deben ser rincones solitarios para disfrutar y en los  que esperamos penetrar.”

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