Baobab del callejón del Judío
Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Memoria · Subcategoría: Espacios de la memoria
El antiguo callejón del Judío era un pequeño pasadizo, de menos de dos metros de ancho, que comunicaba la calle del Pilar con la del Norte (antiguo nombre de la actual Valentín Sanz), desembocando en la plaza del Príncipe. El callejón vendría hoy a discurrir por la actual calle del Adelantado. En este pasaje estrecho existía, en una huerta de una casa, un espectacular árbol de la familia de las adansonias, conocido popularmente como baobab, árbol botella o pan de mono. De origen africano, llegó a alcanzar un enorme porte, contando con espectaculares ramas de donde brotaban unas llamativas flores blancas. Su fruto, que en Santa Cruz se le denominaba "pan de machango", podía alcanzar los treinta y cinco centímetros de largo y su pulpa constituía la renombrada "tierra de Lemnos" que los antiguos médicos usaban para combatir distintas afecciones. Los polvos de las hojas secas eran asimismo utilizados para combatir la fiebre. También se utilizaba la fibra de la corteza para la confección de sogas, dada su resistencia.
Fue un árbol que llamó la atención de muchos entendidos en botánica, llegando a adquirir tanta fama que figuraba como una de las más interesantes curiosidades del Santa Cruz de entonces. El árbol desapareció en 1881, cuando se acordó adecentar urbanísticamente la zona, ensanchando el antiguo callejón para trazar la nueva calle del Adelantado.
Sobre este baobab existe una famosa leyenda recogida por Antonio Martí para un artículo publicado en el antiguo diario La Prensa, que pasamos a transcribir:
«... hablóme del famoso baobab, cuya desaparición diera lugar a tantas protestas en Santa Cruz, me contaba la anécdota o leyenda que voy a referir, como mismo la oyera él narrar a la viejecita de blancos cabellos y manos sarmentosas, muchos años antes, una noche de invierno, junto a la brasa roja del hogar...
—No es fábula ni cuento, mi hijo —decía ella—; a mí me lo contaron hace años y hasta los nombres me dijeron de la gente a quien le ocurrió [...]
Y fue, según ella contaba, que en la casa que hacía esquina frente al "pan de Machango" [...], a la entrada del callejón del Judío, vivía una familia que, como regalo exótico de un pariente o amigo, guardaba en el traspatio, bien asegurada con cadenas, una mona de gran tamaño, y, al decir de la gente, fiera e indómita con exceso.
También había en la casa un niño de corta edad, a quien todos los días una criada sacaba al patio a tomar el sol y en una galería frontera colocaba después, en su cunita blanca y tibia, cuando llegaba la hora de dormir.
Día tras día seguía la mona con curiosas miradas las idas y venidas de la criada y sus manipulaciones con el chiquitín. Hasta que cierta tarde [...]
Una tarde, no se sabe si por desgraciado olvido o por travesura de alguna persona ruin, la cadena que sujetaba a la mona se escapó de la argolla donde se fijaba, y el bicho viose en libertad...
Dicen que lo primero que hizo fue lo que tantas veces había visto hacer. No había nadie en el patio a la sazón. Sólo el chiquitín durmiendo en su cunita, blanca y tibia, en el rincón más soleado del corredor. La mona se dirigió a él, tomándolo en brazos, y trepó, sin soltarlo, hasta el tejado de la casa. Alguien advirtió lo que ocurría y no tardó en dar la voz de alarma. Pronto la gente se reunió en el lugar del suceso, siguiendo, con la emoción natural, los movimientos del cuadrumano. La madre del pequeñuelo se desesperaba viendo el peligro que corría. Nadie se atrevía a subir donde la mona estaba, ni había forma de cogerla sin poner en peligro la vida del pequeñín.
De pronto, se vio algo curioso: corriendo por el filo de la pared el animal saltaba hasta la esquina que daba frente al baobab, y de un brinco cruzaba el callejón, trepando, sin soltar el niño, hasta lo más alto del árbol. Allí estuvo hasta que con engaños lograron atraerlo a la huerta y aprisionarlo nuevamente, librando al niño por un azar en verdad milagroso.
Y decía la viejecita al terminar su relato, que nunca llegaremos a saber la parte de historia y la de leyenda que podía tener:
—Cuentan que la mona, al subirse al árbol, arrancó una fruta, y abriéndola con las uñas y los dientes daba de comer al niño su pulpa blanca y suave, Como era un árbol de su tierra y el maldito animal se creía, a lo mejor, que era su cría la que llevaba a cuestas».
Por último, diremos que en la esquina entre las calles del Pilar y Suárez Guerra, a muy pocos metros por encima de donde una vez estuvo el antiguo baobab, se plantó no hace mucho tiempo un ejemplar de la misma especie.
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