Cabeza de Perro

Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Memoria · Subcategoría: Testimonios · Año: S. XIX

La figura del pirata “Cabeza de Perro” se nos presenta entre nieblas legendarias poco claras desde el punto de vista histórico. Su fantasiosa vida, posiblemente con base real, viene narrada principalmente en una novela escrita en 1897 por el tinerfeño Aurelio Pérez Zamora titulada Sor Milagros o Secretos de Cuba. Años más tarde se sumaría, para agigantar aún más el mito, la escritora cubana Dulce María Loynaz que recoge las andanzas de este pirata en su obra Un verano en Tenerife. De igual manera, muchos escritores y periodistas locales (Luis Álvarez Cruz, Miguel Borges Salas, Carlos García…) se han detenido en la figura legendaria de Cabeza de Perro, cuya historia, a grandes rasgos, es la siguiente:   
Ángel García, más conocido como Cabeza de Perro, según la tradición, habría nacido a finales del siglo XVIII o principios del siguiente en el pequeño caserío de Igueste de San Andrés. Desde niño fue maltratado y abandonado a su suerte, creciendo arisco y huraño. Su apodo de “Cabeza de Perro” le vino por sus desagradables rasgos físicos: cuerpo grueso y rechoncho, nariz chata, ojos pequeños, boca grande, dientes separados, y una cabeza deforme y abultada que siempre llevaba cubierta para disimular su deformidad. 
Pronto  aprendió el oficio de la mar y tras cruzar el Atlántico alcanzó fama de brutal y sanguinario en sus correrías por El Caribe en su barco Invencible como contrabandista de esclavos, saqueador y pirata. La peor fechoría que se le conoce fue la del asalto que efectuó al bergantín El Audaz en su recorrido desde La Habana a Nueva York. En la refriega acuchilló a los tripulantes y pasajeros, excepto a una mujer y a su pequeño hijo, quienes se habían escondido; no obstante, cuando ambos fueron descubiertos los arrojó al mar, al tiempo que hundía el barco y emprendía la retirada. Parece ser que desde ese momento el pirata cambió de actitud, ya que el llanto infantil del pequeño mientras se ahogaba se le quedó grabado en su mente, causándole un hondo resentimiento. Fue entonces cuando en La Habana, donde tenía su puerto base y residencia, comenzó a pensar en volver a su tierra natal.
Volvió, y al llegar al puerto de Santa Cruz de Tenerife, su feo aspecto de indiano extravagante vestido con pantalones anchos por encima de los tobillos, chupa de grandes faldones, sombrero de ala ancha y paraguas, además de cargar con una jaula con un loro dentro, fue motivo de comentarios jocosos a la vez que de burla por parte de una multitud de chiquillos que solían deambular ociosos en los alrededores del muelle. Las chanzas e insultos provocaron la ira del recién llegado quien empezó a dar paraguazos a diestro y siniestro. Tras la intervención de la autoridad se le encontró al antiguo pirata un cuchillo cuyo mango en forma de cabeza de perro lo delató. Fue  inmediatamente detenido. 
Arrestado en el castillo de Paso Alto, cuentan que se entretenía fabricando pequeños barcos de madera. Más tarde fue sentenciado a muerte, condena que se hizo efectiva mediante ejecución pública al sur del cuartel de San Carlos, en lo que se conocía en aquel entonces como Los Llanos de los Anacletos. Las narraciones nos cuentan que acudió mucha gente a su ajusticiamiento y que el pirata recorrió toda la localidad, desde Paso Alto hasta Los Llanos, con una actitud altiva y solemne, entre bayonetas que lo custodiaban. Al llegar al lugar de ejecución pidió, como última voluntad, fumarse un habano, tras lo cual fue fusilado.  
La historia de Cabeza de Perro, envuelta en la leyenda, caló de inmediato en la mentalidad popular. Su romántica y a la vez repugnante figura, junto con la novelesca presunción de que tal vez escondiera un tesoro en algún lugar de la ciudad (Igueste o Los Llanos), le dio a todo el relato una característica de cuento popular que ha perdurado. 

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