Cinco años de estancia en las Islas Canarias

Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Literatura · Subcategoría: Fragmentos literarios · Año: 1884-1888 · Autores: René Verneau

René Verneau (La Chapelle, 1852-París, 1938) fue otro de los tantos científicos viajeros que visitaron Canarias, dejándonos en sus escritos una clara visión de las Islas. Antropólogo físico y reconocido científico entre los círculos académico europeos, Verneau realizó aquí numerosas excavaciones arqueológicas y estudios de carácter antropológicos con el objeto de analizar las semejanzas entre los aborígenes isleños y el hombre de Cromañón, especie de Homo Sapiens que habitó Europa durante el Paleolítico Superior, hace entre 45.000 y 10.000 años y cuyos restos fueron descubiertos en 1868 en el abrigo rocoso de Cro-Magnon, ubicado en la región de Dordoña, en el suroeste de Francia.
René Verneau, tras finalizar sus estudios universitarios de Medicina en la Soborna especializándose en antropología prehistórica, es destinado en 1876 por el Ministerio de Instrucción Pública francés a Canarias para el estudio del pasado de los aborígenes isleños. Esta primera estancia duró dos años, aunque fue entre 1884 y 1888, cuando de manera pormenorizada redacta su obra más importante Cinco años de estancia en las Islas Canarias, publicada originalmente en 1891 en París, en la que el autor documenta su expedición e investigaciones, dando además una visión cruda de lo que ve, como buen positivista que era.
A la ciudad de Santa Cruz la describe calurosa, aburrida y fea, pero sin desdén ni sarcasmo. Veamos como analiza lo que se puede encontrar un viajero en las habitaciones de sus fondas y hoteles; no escatimando detalle en cuanto a la gastronomía del lugar: 
“Las principales casas de la ciudad están agrupadas alrededor de la plaza de la Constitución, cerca del muelle, y en la calle del Castillo. En la misma plaza se encuentran dos hoteles españoles con sus patios llenos de palmeras, plataneras, buganvillas y mil plantas más. A primera vista, estas fondas tienen un aspecto bastante bonito, pero no hay que fiarse de las apariencias. Las habitaciones están llenas de mosquitos y pulgas que parecen ensañarse con los recién llegados. Durante la noche corren por todas las paredes nubes de esas horribles cucarachas que fueron importadas de América y que aquí el clima les ha sentado tan bien que han multiplicado su tamaño.
Lo que terminó por hacerme coger tirria a las fondas españolas de Tenerife fue la comida. Durante todo el año se está condenado a comer huevos fritos, pescado y carne, dura como una suela. Por la noche, el menú no es más variado y no falta el eterno puchero. Este cocido es una verdadera macedonia, compuesta de carne, garbanzos, coles, papas, batatas, habichuelas, calabaza, bubangos, etc. Esta lista, que puede parecer fantástica, no está completa, pues hay que haber comido este potaje, adicionado con mucho arroz, para hacerse una idea. Quizá las cosas hayan cambiado después de mi estancia en esta ciudad. Se han abierto nuevos hoteles y puede ser que la competencia haya sacado de su torpeza a los antiguos fondistas”.

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