El Cabo
Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Memoria · Subcategoría: Lugares históricos
El Cabo fue uno de los enclaves poblacionales más característicos de Santa Cruz de Tenerife. Lo fue tanto por su antigüedad como por su idiosincrasia repleta de enorme personalidad concedida gracias a la gente humilde que siempre lo habitó. Hoy, de aquel espacio urbano repleto de pequeñas y agrupadas casas terreras, recoletas plazas, calles estrechas, espacios abiertos con molinos de viento y algunas pequeñas industrias manufactureras, no queda casi nada. Todo ha sido transformado a lo largo del tiempo en algo totalmente distinto, permaneciendo escasos vestigios de su trama original.
El Cabo fue uno de los barrios más antiguos de la ciudad. Aquí se asentaron en primera instancia los conquistadores tras su desembarco, aunque luego, tras trasladarse el centro urbano hacia el lado norte del barranco de Santos, este enclave quedaría como lugar suburbial, característica que lo acompañaría hasta tiempo muy reciente. El barrio ya aparece totalmente configurado en 1588 cuando Torriani, en su plano de Santa Cruz, consigna una veintena de casas dispersas asentadas al borde del camino que discurría hacia La Laguna.
Fue zona ocupada por pescadores y marineros. Algo más tarde aparecieron tahonas, molinos de viento y panaderías. También se instalaron artesanos y algunos hornos de cal, todo ubicado aquí, en el extrarradio de la ciudad por seguridad. Podríamos decir que El Cabo fue el primer “polígono industrial” de Santa Cruz y durante mucho tiempo mantuvo ese carácter.
La plaza de San Telmo siempre fue el eje vertebrador del barrio y su centro ciudadano. Situada frente a la entrada de la ermita, a un nivel algo más bajo que ésta, la plaza, primero de tierra y luego empedrada en 1838, fue escenario de fiestas, reuniones de vecinos, celebraciones y manifestaciones de toda clase. Desapareció en el siglo XX al abrirse la calle Bravo Murillo.
En el siglo XVIII se levantaron en la zona dos edificaciones de carácter público de gran importancia para la población: el primer cuartel de San Carlos y el antiguo hospital de los Desamparados. Pero en el lugar seguían existiendo grandes solares y huertas, de manera especial en su parte alta, donde pronto se alzaron algunos molinos de viento y, ya a comienzos del XIX, el primer cementerio público.
El aumento de la población durante el siglo XIX hizo que el barrio demandara servicios que hasta entonces no existían. Una importante fuente de agua pública entró en funcionamiento en 1838, conocida con el nombre de Morales, apellido del general que finalizó las obras de conducción de aguas a la ciudad. También avanzado el siglo entró en funcionamiento la primera escuela elemental del lugar.
Las viviendas del barrio siempre fueron modestas, de una sola planta rectangular, con poca fachada a la calle, cubiertas de tejas y con un pequeño patio interior. La masificación de mediados del siglo XIX debido a la actividad industrial y portuaria trajo consigo la aparición de una nueva forma de viviendas carentes de cualquier tipo de medida sanitaria: las llamadas ciudadelas; viviendas comunitarias de una sola planta con habitaciones en torno a un patio, siendo comunes los servicios, cocina y aseos. El Cabo llegó a contar con varias edificaciones de este tipo, incluso con una de las más grandes de Santa Cruz, la conocida como “La Portada”, demolida en la década de 1940 para construir el Mercado de Nuestra Señora de África. Esta ciudadela llegó a albergar casi la cuarta parte de la población del barrio. Otra también bastante grande existió justo enfrente, en lugar donde hoy se levanta el TEA.
En noviembre de 1909 El Cabo cambió su fisonomía en su parte alta al instalarse allí cuatro grandes torres metálicas destinadas a la radiotelegrafía. Hoy desaparecidas, estas torres dieron un nombre alternativo al barrio: “Cuatro Torres”.
A partir de la segunda mitad del siglo XIX y durante todo el XX, el barrio acentuó su carácter de zona periférica cada vez más degradada al haberse quedado situado entre un barranco cuyo cauce se había convertido en un vertedero y la nueva zona industrial más al sur. Olvidado por las administraciones durante décadas, el plan parcial urbano de 1959 propuso cambiar la faz de este sector de la ciudad, ideando el gran conglomerado que luego pasaría a llamarse Cabo-Llanos. Esta iniciativa se hizo realidad décadas después, hacia final de siglo, cuando El Cabo, tras la demolición de todo el antiguo entramado del barrio, se transformó totalmente. Surgió así un nuevo espacio donde lo poco que permaneció en pie se diluyó entre nuevas plazas con esculturas abstractas, presidencias de gobierno de estilo arquitectónico vanguardista, modernas edificaciones para oficinas de las distintas administraciones públicas e inmensos espacios construidos para albergar actividades artísticas y culturales. Atrás quedó aquel pequeño y humilde barrio que tanta personalidad tuvo en el antiguo Santa Cruz.
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