El sereno

Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Literatura · Subcategoría: Fragmentos literarios · Año: 1883 · Autores: Olivia M. Stone

La viajera británica de origen irlandés Olivia Mary Stone realizó un periplo por las Islas entre septiembre de 1883 y febrero de 1884. De esta estancia surgió el libro: Tenerife y sus seis satélites, publicado en Inglaterra en 1887. Se trata de una obra que ocupa un lugar excepcional en la extensa literatura de viajes sobre el Archipiélago por su amenidad narrativa, por su incesante curiosidad y por la reseña que contiene sobre variados aspectos de la cultura y la realidad social de Canarias de finales del siglo XIX.
Durante la primera noche que pasó la escritora en Santa Cruz, en la madrugada del 6 de septiembre de 1883, fue despertada mientras dormía en su habitación del Hotel Camacho por las voces que daba un sereno. En su obra literaria describe la escena de la siguiente manera:
“Mientras disfrutábamos de nuestro primer sueño anoche, tanto éste como la tranquilidad fueron interrumpidos por un grito fuerte, y no sin cierta musicalidad, emitido en la calle: «Ha dado la una, y sereno». El antiguo vigilante, que en Inglaterra pertenece a épocas pasadas, aquí pervive y nos trae muchos recuerdos, a pesar del sueño que tenemos. […] Se conoce a los vigilantes oficialmente con el nombre de «serenos»; dicen los extranjeros que porque aquí el tiempo siempre está sereno. Antiguamente este grito iba precedido de un «¡Ave María!». Sin embargo se dejó  de usar y, aunque volvió a utilizarse más tarde, otra vez ha caído en desuso.”
El cuerpo oficial de Serenos fue establecido en España en 1836 y su función era la de agentes de la autoridad y colaboradores de las fuerzas de seguridad en servicio de ronda nocturna. En Santa Cruz de Tenerife hubo que esperar hasta 1844 para que apareciera el primer empleado de esta índole y su servicio siempre fue muy intermitente debido a la falta de fondos. Se sabe que en 1859 estos trabajadores nocturnos estaban bajo la dirección de un celador de policía municipal y tenían a su cargo el encendido de los faroles cuando comenzaba a oscurecer. Era acostumbrado, como constató en su texto Olivia M. Stone, que cantaran las horas añadiendo la situación atmosférica del momento: “sereno” si había tranquilidad, o “lloviendo” si no la  había. Los serenos continuaron prestando sus servicio en Santa Cruz, aunque sin continuidad, hasta bien entrado el siglo XX, cuando era frecuente verlos ayudar a bajar los cierres de los comercios a última hora del día o, algo más tarde, lidiar con los ocasionales trasnochadores y alborotadores nocturnos. 

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