Epidemia de cólera de 1893

Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Memoria · Subcategoría: Testimonios · Año: 1893

La epidemia de cólera morbo de 1893 fue la última gran crisis sanitaria sufrida en Santa Cruz antes de la aparición del COVID-19. El brote colérico de finales del siglo XIX fue uno de los más infecciosos y virulentos que ha padecido la ciudad a lo largo de su historia, con cerca de 2.000 contagiados y 400 fallecidos. A pesar de ello, toda la ciudad se volcó en la lucha contra la enfermedad, tanto desde el punto de vista sanitario como desde la participación desinteresada de los diferentes estratos sociales de la población ante el desastre que se les vino encima. El comportamiento ciudadano fue tan ejemplar y admirado que Santa Cruz fue honrada desde las altas instancias de la nación con el título de “Muy Benéfica”. 
El 29 de septiembre de 1893 llegó a la rada santacrucera el vapor italiano Remo procedente de Río Grande, Brasil, de paso para su destino final en Génova. Arribó con cerca de mil personas abordo y con “patente sucia”: tenía infectados de cólera. Las autoridades locales ordenaron al navío que se mantuviera a distancia del puerto por el sur, frente al Lazareto. Según el procedimiento, el buque debía de guardar cuarentena; ninguna persona podía desembarcar. Pero las medidas sanitarias fueron quebrantadas. Fue el inicio de la tragedia.
el 11 de octubre se descubrieron los primeros casos de cólera en Santa Cruz. Días después la enfermedad ya se había extendido a una extraordinaria velocidad por toda la población, alcanzando, de forma virulenta, viviendas humildes y ciudadelas de los barrios populares de El Cabo, Los Llanos, Miraflores y El Toscal, donde el hacinamiento, la subalimentación y la falta de higiene, ayudaron a la epidemia a provocar una enorme mortandad.
Ante esta situación se formó una Comisión de Higiene formada por los doctores Agustín Pisaca, Diego Costa y Grijalba, Diego Guigou y Juan Febles Campos, que con los pocos medios que disponían, multiplicaron su labor atendiendo a los enfermos de los distintos establecimientos sanitarios y realizando visitas domiciliarias. Con el hospital de los Desamparados totalmente colapsado, la Comisión decidió habilitar camas en el lazareto e instalar hospitales de aislamiento en las ermitas de San Telmo y Regla. Se ordenó desinfectar, mediante fumigación, diversas ciudadelas de El Toscal y cuevas en el barranco de Santos. Por otra parte, los militares organizaron un hospital de campaña provisional, instalado en los alrededores de la ermita de San Sebastián. También se recaudaron fondos por suscripción pública destinados a los cuidados de la gente menos favorecida, con reparto de comida, ropa y medicinas en los barrios más afectados. 
Tras meses de encarnizada lucha y de penas compartidas, la epidemia se dio por controlada a comienzos de 1894.  Durante los más de tres meses que el cólera estuvo en Santa Cruz, de una población total de 19.722 habitantes, enfermaron 1.744 y fallecieron 382. La mayoría de las víctimas se contabilizaron entre los estratos más bajos de la sociedad.  
Según la tradición popular, la epidemia remitió de forma milagrosa en una ciudadela muy golpeada por la enfermedad situada en la calle de Oriente, en pleno del barrio de El Toscal, tras las rogativas y promesas de los vecinos a la venerada imagen del Señor de las Tribulaciones, custodiada en la Iglesia de San Francisco. Por este hecho, el 14 de enero de 1894, con la epidemia ya controlada, dicha imagen fue llevada a hombros en procesión desde la iglesia de San Francisco hasta la entrada de la ciudadela. A partir de ese momento la vía cambió su nombre por el de “Calle del Señor de las Tribulaciones”. Además, este es el origen del recorrido que todos los martes santos realiza esta procesión por las calles de Santa Cruz. 
El comportamiento general de los ciudadanos durante los tres meses de epidemia fue ejemplar; un claro ejemplo de unión y transversalidad social ante la adversidad. Como reconocimiento a todo este esfuerzo, el 23 de abril de 1894, el Consejo de Ministros del gobierno de  España, presidido en aquel entonces por Práxedes Mateo Sagasta, concedió a Santa Cruz el título de “Muy Benéfica”, con la Cruz de Primera Clase de la Orden Civil de Beneficencia, con galardón y cinta; honor que la ciudad luciría, a partir de entonces, con orgullo en la parte inferior de su escudo oficial.
 

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