Ermita de Santa Teresa de Jesús en Las Breñas de Anaga
Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Memoria · Subcategoría: Espacios de la memoria · Año: 1677
El valle de Las Breñas es uno de los lugares más remotos de Tenerife. Se encuentra situado en las inmediaciones de la punta noreste de la isla, localizado entre el faro y los Roques de Anaga. Aquí, en este lugar tan apartado, existió una explotación vinícola que contó con una pequeña ermita bajo la advocación de Santa Teresa de Jesús.
Durante el siglo XVII el comercio del vino experimentó en Canarias un rápido auge debido a la demanda de este producto en los mercados de Inglaterra, Norte de Europa y América. La vertiente norte del macizo de Anaga, a pesar de su lejanía e inaccesibilidad, fue una de las zonas de mayor producción vinícola durante buena parte del seiscientos. Por sus escarpadas laderas aparecieron en torno al cultivo, haciendas, casas, lagares, bodegas y también pequeños lugares de culto que colmaron las demandas espirituales de los habitantes de esos lugares tan dispersos.
La propiedad del valle de Las Breñas de Anaga estaba, desde mediados del siglo XVII, en manos de Tomás Castro-Ayala, hacendado, armador de navíos de la Carrera de Indias, prestamista y arrendador de rentas reales, Capitán de Milicias, Regidor Perpetuo, Procurador General y Alcaide del Castillo de San Juan de Santa Cruz. Todo un prohombre del siglo XVII en Tenerife.
Fue él quien fundó en sus dominios de Las Breñas de Anaga la ermita bajo la advocación de Santa Teresa de Ávila. Las obras comenzaron 1676, quedando finalizadas al año siguiente, ya que el 9 de octubre de 1677 hay constancia de la concesión de licencia para bendecirla por parte del obispo Bartolomé García Ximénez. Imaginamos un pequeño templo de una sola nave con cubierta de teja árabe y portada de arco de medio punto, como era lo usual en este tipo de construcciones.
La crisis del cultivo de la vid de comienzos del siglo XVIII afectó a toda la zona de Anaga de manera muy profunda, quedando estos parajes tan remotos abandonados casi de forma permanente. Sabemos que la ermita de Santa Teresa de Jesús en 1724 ya estaba totalmente abandonada y sólo servía como establo improvisado al ganado que pastaba por los alrededores. Años más tarde, en 1747, en la visita que realizó el obispo Guillén a la zona, la encontraría “derruida de modo que no se puede celebrar en ella”, recomendado que se tapiara para que no pudieran entrar los animales “ni se cometan indezencias en ella”.
Con el paso de los siglos se ha perdido el rastro de la construcción original, aunque existen por la zona algunos vagos vestigios de su existencia.
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