Historia - Artes - Viajes - Humorismo
Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Literatura · Subcategoría: Fragmentos literarios · Año: 1979 · Autores: Miguel Borges Salas
Miguel Borges Salas (1899-1986) fue uno de los escritores canarios con mayor ingenio del siglo XX. Su visión desenfadada de la vida cotidiana y la habilidad personal que demostró para revisar la historia de forma heterodoxa le convirtieron en una de las plumas más admiradas de la literatura periodística de las islas. Se asomó a la letra impresa con 15 años desde las páginas de La Prensa, uno de los diarios más representativos de Tenerife, que dio lugar al actual El Día, donde publicó hasta su muerte. Viajó por el Reino Unido, Francia y Estados Unidos, adquiriendo grandes conocimientos en agricultura, hasta doctorarse en Edafología. En 1950 realizó el plan arrocero de Venezuela. Fue premio Leoncio Rodríguez de periodismo y sorprendió en los últimos años de su vida por una prodigiosa memoria que volcó en artículos, recogidos en el libro Historia-Artes-Viajes-Humorismo.
En un artículo de esta publicación, el titulado "Un Viernes Santo londinense", el autor rememora una reunión de paisanos en el Londres de las primeras décadas del siglo XX, añorando el paso por las calles de Santa Cruz de la procesión de Nª Sra. de las Angustias de la iglesia del Pilar, nombrando a lo más granado de la sociedad chicharrera que se daba cita en ella.
«Se comió, se bebió, no hubo cantos ni sonaron tiros y de sobremesa, mentalmente, evocamos la procesión de Nª Sra. de las Angustias, de la iglesia del Pilar, que, en aquella hora estaría recorriendo su itinerario. La una y treinta en Londres equivalía a las doce meridiana de Santa Cruz, y el inolvidable Don Aldolfo, emocionado, nos dice: "Ahora debe estar subiendo -.la procesión- por la calle del Castillo; Doña Adela y su sobrina Sixta y "las niñas" (referíase a la familia de Don Emilio Serra) y el cazador furtivo de Emilio, arrodillados en el vetusto balcón de la época de Nelson, con lágrimas en los ojos, contemplan bajo un sol esplendente, tan distinto a este gris y apestoso, el paso de la tradicional procesión".
Yo añadí -pues he sido "procesionalista"- el espectáculo cuando la imagen en su camino hacía un breve descanso ante la casa de las "niñas" de Buitrago (dos hermanas casi centenarias), y había lágrimas también en los balcones de Isidrito Guimerá, con su esposa Doña Manuela Gurrea, su hijo José Manuel (el poeta) y la señorita de Ravina. Ya en Teobaldo Power hacia el Pilar, frente a la que fue "Santa Cecilia" donde Teobaldo Power ejecutó al piano sus inolvidables Cantos Canarios, mi recordado profesor de pintura Don Teodomiro Robayna con su esposa, su hermana Doña Emelina y sus dos hijos, Gumersindo y Carmita (¿te acuerdas, Gumersindo?) asomados en las ventanas del enorme caserón, con un espléndido patio de frondosas ñameras, heliotropos y rosales. Contiguo a dicha casa, esquina a San Lorenzo (hoy Pérez Galdós) era de ver a Don Ulises Guimerá Castellano, de venerable barba, con toda la familia rezando al paso de la emotiva imagen. A Don Ramón Gil-Roldán con todos los suyos; a la familia del consecuente amigo Don Fernando Arozena, su esposa y sus niños; al señor Encinoso y Doña Magdalena; a Don Alfredo Williams y, ya en la calle del Pilar, la venta conocida por "La Restinga", a media asta (quiero decir con las puertas a medio cerrar con algunos rezagados parroquianos dentro mitigando las penas); a Don Francisco Bonnín y familia, protegidos bajo el umbroso dosel de la violácea buganvilla; al señor Gómez, comandante de la Guardia Civil y fuerzas de la Institución, cuyo cuartel se hallaba frente a la iglesia; al señor Saavedra (del cuerpo subalterno de Telégrafos); a Don Francisco La Roche y Aguilar; a Don Agustín Guimerá y del Castillo Valero, padre del marino segundo de a bordo del "Juan Sebastián Elcano" y de Marcos Guimerá Peraza (el incansable notario perseguidor de la vida y obra de José Murphy); a Don Amaro, con su establecimiento en la esquina de la Amargura (General Morales); a la famosa arpista Clotilde Cerdá (Esmeralda Cevantes) tras la tapia del jardín; a Felipito Poggio; a Alfredo Díaz (el Sherlock Holmes de Tenerife) y a su esposa Marianita La Serna; a la señora viuda de Perdomo... y como sonoro remate la banda de tambores y cornetas de la Cruz Roja, la más estruendosa, retumbante y acompasada de España. [...]»
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