Los argonautas

Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Literatura · Subcategoría: Fragmentos literarios · Año: 1914 · Autores: Vicente Blasco Ibáñez

Vicente Blasco Ibáñez (Valencia, 1867-Menton, Francia, 1928) fue un periodista, político, y sobre todo un gran escritor de novelas de amplia fama. Autor de éxitos como La barraca, Cañas y barro, Sangre y arena, entre otras obras de gran difusión en su época, fue un hombre de acción caracterizado por su permanente deseo de movilidad y conocer mundo. Este impulso lo llevó a viajar a Sudamérica a comienzos del siglo XX. Fruto de su contacto con el Nuevo Mundo se planteó un nuevo proyecto literario, de donde surgiría su obra Los argonautas, publicada en 1914. En esta novela el autor narra las dos semanas durante las cuales, encerradas en un transatlántico, transcurren vidas distintas que se entrecruzan, en un viaje lleno de voluntad y de esperanza, tanto para millonarios europeos y nuevos ricos americanos, como para tristes emigrantes italianos y españoles que emigran en busca de una nueva vida. El transatlántico hará una escala en Santa Cruz de Tenerife, describiendo Blasco la ciudad y sobre todo la actividad de su puerto de la siguiente manera:
«Alzaba la isla en el fondo su escalonamiento de montañas volcánicas, con cuadriláteros de tierra cultivada moteados de blancas casitas. En la parte inferior, junto a la masa azul del mar, extendían las fortificaciones españolas sus viejos baluartes, rematados en los ángulos por garitas salientes de piedra. La ciudad era de color de rosa, y sobre ella se erguían los campanarios de varias iglesias con cúpulas de azulejos. Cuatro torres radiográficas marcaban en el espacio las líneas de su cuerpo casi inmaterial, dejando ver el cielo a través del férreo tramaje.
Más arriba de la ciudad, en una arruga de la montaña, ondeaba la bandera de un castillo moderno: un hotel elegante al que venían regularmente a respirar los tísicos septentrionales.
Entre el muelle y el transatlántico, vio Ojeda un anchuroso espacio de bahía con gabarras chatas para el transporte del carbón abandonadas sobre su amarre y cabeceando en la soledad; vapores de diversas banderas, en torno de cuyos flancos agitábase el movimiento de la carga con chirridos de grúas y hormigueo de embarcaciones menores; veleros de carena verde, que parecían muertos, sin un hombre en la cubierta, tendiendo en el espacio los brazos esqueléticos de sus arboladuras. Rugidos de sirena anunciaban una partida próxima y otros rugidos avisaban desde el fondo del horizonte inmediatas llegadas. Vio banderas belgas en lo alto de un mástil que iban a las desembocaduras del Congo; proas inglesas que venían del Cabo o torcían el rumbo hacia las Antillas y el golfo de Méjico; buques de todas las nacionalidades que marchaban en línea recta hacia el sur, en busca de las costas del Brasil y las repúblicas del Plata; cascos de cinco palos descansando en espera de órdenes, de vuelta de la China, el Indostán o Australia; vapores de pabellón tricolor en ruta hacia los puertos africanos de la Francia colonial; goletas españolas dedicadas al cabotaje del archipiélago canario y las escalas de Marruecos.»

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