Nueve horas en Santa Cruz de Tenerife
Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Literatura · Subcategoría: Fragmentos literarios · Año: 1864 · Autores: Benito Pérez Galdós
El gran novelista Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843-Madrid, 1920) escribió en 1864 un diario de viaje que tituló Un Viaje de Impresiones. Solo se conoce la redacción de los dos primeros capítulos de este diario, aunque sí aparecen, al comienzo del texto, los títulos de los veintidós capítulos restantes. De su estructura se deduce que fue redactado al llegar el autor de los Episodios Nacionales a Madrid, tras partir de su ciudad natal en su segundo y definitivo viaje a la Península. En él narra las dos jornadas que se cumplieron desde su salida en el barco Almogóvar desde Las Palmas rumbo a Cádiz, con escala en Santa Cruz de Tenerife.
En el segundo capítulo del diario titulado "Nueve horas en Santa Cruz de Tenerife", un Galdós de 21 años nos ofrece una somera descripción del Santa Cruz que se encontró en aquel septiembre de 1864. Para reponerse de una penosa travesía desde su isla natal que lo había dejado traspuesto por el mareo, fue a comer a una fonda; luego, tuvo intención de visitar el Casino y por último, se encontró con un enigmático conocido suyo en plena calle de la Marina.
«Por último, nos llevaron a almorzar; ya lo deseábamos, y así es que apenas el sirviente se acababa de retirar, nos dirigimos atropelladamente al comedor: en tal estado de escualidez habían quedado nuestros pobres estómagos.
Apenas concluimos, pregunté a mis compañeros:
—¿Adónde vamos? porque yo creo que Vds. no pensarán en pasar estas cuantas horas mano sobre mano.
—No, no, contestaron unánimemente, a la calle.
—Yo voy a comprar unas baratijas.
—Yo a hacer dos visitas.
—Yo a ver a los amigos.
—Pues, señores, yo voy al Casino, y de allí a paseo, y luego a la lancha. Conque hasta la vista.
Y nos precipitamos por la escalera. El uno se fue a visitas, el otro a sus baratijas, aquel a sus amigos, y yo con dos o tres nos dirigimos al Casino.
Atravesamos la plaza, doblamos una esquina y nos hallamos en la calle de la Marina. A los dos pasos tropecé con un antiguo conocido, hombre de flema, si los hay, amigo de sus amigos, gran corredor de bromas; que no hay trapisonda, donde no esté, no hay riña que nos deshaga, ni hay bautismo de barrios en que no sea padrino, ni baile de candil a que él no asista, ni gira camestre en que no se halle. No tiene oficio, ni obligaciones que le detengan, y sin ser capitalista, ni mucho menos, le gustan los caballos, busca y compra los perros de las mejores castas, y para corona y complemento de sus extrañas inclinaciones mima gatos ingleses y cría pájaros canarios.»
28.467105, -16.247867