Primer automóvil
Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Memoria · Subcategoría: Lugares históricos · Año: 1902
En este lugar, calle de La Marina número 11, vivía Farrow Sidall Bellamy, gerente en Santa Cruz de la empresa "Elder Dempster", y a la sazón, cónsul de Suecia en la ciudad. Este caballero inglés presentó ante el Gobierno Civil el 14 de febrero de 1902 un documento en el que expuso: "... Que habiendo adquirido recientemente en París un coche automóvil de la casa Panhard Levason, para su uso particular en las condiciones que a continuación se detallan, desea se le provea del correspondiente permiso para poderlo circular libremente por las carreteras..."
Así fue como comenzó la historia del primer coche que circuló por la isla. Se trataba, como quedó expresado anteriormente, de un automóvil de la marca Panhard de 12 caballos, con motor de dos cilindros Planix Daimler, capaz de soportar 450 kilos de peso y alcanzar una velocidad máxima de 36 kilómetros por hora. Contaba con tres frenos: uno sobre el diferencial, otro sobre el eje y el tercero que hacía presión en la junta. La vida de este vehículo fue corta, ya que en 1909 fue destruido por un incendio cuando repostaba combustible con el motor en marcha.
Se sabe de la existencia de otro automóvil en Santa Cruz adquirido en 1905 por el también ciudadano británico Alfred Samler Brown, aunque la vida de este aparato fue aún más corta que la del anterior al producirse un accidente al mes de su llegada, volcando en la calle de La Marina, frente a la batería de San Pedro, por culpa de los muchos escombros que se encontraban en la vía. La esposa de Mr. Brown quedó herida de poca gravedad. Al año siguiente, al rey Alfonso XIII en su visita a Santa Cruz lo pasearon en un coche prestado al Ayuntamiento por un particular, Ramón Ascanio. También se conoce que, más o menos por esas fechas, Nicolás Martí Dehesa adquirió un automóvil de la marca Rambler que contó con el privilegio de llevar la primera matrícula de Tenerife con la inscripción TE-1. En 1911 la matriculación había llegado al número 43.
Al año siguiente se publicó un edicto municipal que regularizaba la circulación de automóviles en la ciudad. La velocidad quedaba limitada a 12 kilómetros por hora para coches particulares y 10 para los taxis. Prácticamente el chófer debía tener una mano en el volante y otra en la bocina: "La presencia de cualquier automóvil se señalará a todas horas del día y de la noche con una bocina o campana, la cual se hará sonar ineludiblemente al cruzar por vías estrechas y al acercarse a las bocacalles o al advertir que cualquier otro vehículo trae dirección contraria...". De noche, el coche tenía que llevar un farol blanco y otro verde delante, y uno rojo detrás. Una vez parado, el conductor no podía bajarse antes de "evitar movimientos intempestivos del vehículo y suprimir todo ruido del motor" y, requerido por la autoridad, estaba obligado a presentar su permiso para circular.
28.467915, -16.248006