Primer avión. Fiesta de la Aviación
Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Memoria · Subcategoría: Lugares históricos · Año: 1913
La llegada del primer aeroplano a Canarias se produjo en la primavera de 1913. La experiencia de la aviación, casi como un espectáculo de feria, llegó a las Islas de la mano del presidente de Fomento del Turismo de Tenerife, Juan Martí Dehesa que, aprovechando los actos de las Fiestas de Mayo de Santa Cruz de ese año, incluyó en el programa un nuevo número hasta entonces desconocido por estos lares: una Fiesta de Aviación. Apenas habían transcurrido diez años desde el primer vuelo llevado a cabo con éxito por el biplano de los hermanos Wright el 17 de diciembre de 1903, hecho que se considera la primera página de la aviación.
Martí Dehesa, junto a un grupo de entusiastas de Las Palmas, contrató para el espectáculo al aviador francés Leonce Garnier que con su aeroplano Blériot XI ya había realizado numerosos vuelos en la Península. El piloto, junto a su esposa, mecánicos y con el aparato desmontado, se trasladó por barco hasta las Islas con la intención de ejecutar algunos ejercicios aéreos “que en una nota de europeismo y civilización” fueran ”dignos de la cultura y adelanto de nuestro pueblo”, tal como quedó reflejado en la prensa local.
La expedición llegó al puerto de Santa Cruz el 19 de abril de 1913, donde fue recibida por un hervidero de entusiastas y curiosos. Tras reconocer el lugar donde realizar las exhibiciones, se acordó acondicionar un espacio situado cerca de la montaña de Ofra, entre un molino y el polvorín viejo. Mientras una cuadrilla de obreros se encargaba de aplanar el terreno y colocar sillas y tribunas para los espectadores, Garnier viajó en barco con su avión desmontado a Gran Canaria, donde realizó el 30 de abril de ese 1913, el primer vuelo en el cielo de Canarias.
Para Tenerife, el programa de mano anunciaba la exhibición para el sábado día 10 mayo a las cuatro de la tarde, y el domingo 11 a la diez de la mañana, todo amenizado por la Banda Municipal de Santa Cruz. Las entradas se agotaron rápidamente, aunque mucho público se encaramó en las alturas próximas al lugar del espectáculo. Fue tanta la gente que acudió que la Guardia Civil tuvo serios problemas para contenerlos.
A la cinco y media de ese 10 de mayo, Garnier y su acompañante, el ingeniero tinerfeño Juan Santa Cruz, perfectamente ataviados con la vestimenta reglamentaria de la época, se encaminaron hacia el aparato. El avión inició su carrera por la improvisada pista de Ofra y durante unos segundos se elevó medio metro del suelo, aunque cayó de nuevo a tierra; a continuación, siguió su rodadura hasta que se levantó por los aires ante los aplausos de los incrédulos tinerfeños. Miles de ojos seguían perplejos las peripecias del piloto, primero sobre la ciudad de Santa Cruz, luego sobre la muchedumbre, más tarde, sobre Geneto, donde a unos setecientos metros de altura dio un nuevo giro y, en una maniobra perfecta, el avión aterrizó suavemente en el campo; pero, cuando iba rodando sobre la pista, un pequeño desnivel existente en el terreno, inclinó al aparato de morros, rompiéndole la hélice, el tren de aterrizaje, el timón y otros mecanismos del motor. Afortunadamente, ni el piloto ni su acompañante sufrieron ningún daño pero las averías del avión eran tantas que el resto del espectáculo y lo programado para el día siguiente tuvo que ser suspendido.
28.45237, -16.289733