Tachero

Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Literatura · Subcategoría: Fragmentos literarios · Año: 1973 · Autores: Fernando G. Delgado

Fernando González Delgado (Santa Cruz de Tenerife, 1947), más conocido como Fernando G. Delgado, es un locutor, periodista, político y escritor de larga carrera consolidada. Se inició en el mundo de los medios de comunicación en su isla natal, ganando plaza de locutor de Radio Nacional de España en 1967. Más tarde, se trasladó a Madrid donde se licenció en Periodismo por la Universidad Complutense. En 1992 se convirtió en el presentador de los Telediarios de TVE del fin de semana. Ha colaborado en los diarios El Día, Pueblo, Informaciones y El País. Con su novela La mirada del otro consiguió el premio "Planeta" de 1995.
Entre enero de 1972 y mayo de 1973 escribió su primera novela Tachero, nombre verdadero de un caserío costero de la vertiente norte del macizo de Anaga ubicado a los pies de Taganana, pero que en la novela es el nombre ficticio de un Santa Cruz de Tenerife de comienzos de los años setenta del siglo pasado. Así podemos identificar la ciudad por sus calles, puerto y lugares pintorescos. Uno de estos lugares que el autor nombra, hoy desaparecido, es la taberna portuaria "La Viña del Loro", ubicada en la calle de La Marina, y a la que Fernando G. Delgado denomina en su obra "Las Viñas", describiéndola de la siguiente manera:
«[...] En Las Viñas , el viejo loro os repetía las palabrotas que le habían enseñado los marinos y llamaba a los borrachos por su nombre dando la medida de asiduidad de cada uno de aquel decrépito recinto, donde nos nacía la trascendencia de las cosas, a medida que el vino, garbanzos compuestos, queso y aceitunas, se iba apoderando de nosotros y nos ponía cantarines y comunicativos. Y por el contrario os poníais rosadas y os crecía el pudor o el miedo o el deseo; tropezando en los petriles de las aceras a la salida, y reprochándonos el inquieto comportamiento que originaba el alcohol.
Las Viñas era un lugar de reunión para poetas de juegos florales, rimadores de programas de fiesta patronal, vates callejeros a los que todos los borrachos conocían por sus nombres, y que, desde la más antigua sociedad cultural, sus tardes de censura y moral provinciana, se llegaban a la taberna para preparar las intrigas del próximo certamen, orgullosos de ser los autores de los sonetos que cantaba al vino en las altas paredes de Las Viñas, con un troje arriba desde la que a veces se oía una máquina de escribir y un viejo de gafas se paseaba con un manojo de facturas, atravesadas por un grueso alambre. Mientras, abajo, los vates se recitaban de memoria las últimas décimas, compuestas para la fecha de la conquista del país, e insistían, con lengua trabada, en la retórica canción que nos servía de fondo, fundida con la monotonía de las conversaciones en voz alta, el chico que entra con el vespertino, la tinta reciente, y una mujer delgada, con similar aliento al de los que por allí rondaban, extendía la mano sin otras palabras, ni otro propósito, que solicitar después de la limosna un vaso de tinto.» 

28.469154, -16.247933