Un verano en Tenerife
Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Literatura · Subcategoría: Fragmentos literarios · Año: 1951 · Autores: Dulce María Loynaz
Dulce María Loynaz (La Habana, Cuba, 1902-1997) es considerada como una de las principales figuras de la lírica en lengua española. Escribe poesía desde muy joven y con 16 años, en 1919, comienza a publicar sus primeros poemas en varios periódicos de La Habana. En 1927 se doctora en Derecho Civil por la universidad de esta misma ciudad y ejerce la abogacía hasta 1961, dedicándose paralelamente a la literatura. En la década de los 30 su casa comienza a convertirse en centro de la vida cultural de la ciudad, acogiendo en las llamadas “juevinas” a diversos intelectuales y artistas, como Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Gabriela Mistral o Alejo Carpentier. Posteriormente viaja por Sudamérica y Europa, participando en congresos y colaborando como corresponsal de algunos diarios cubanos. En 1951 es elegida miembro de la Academia Nacional de Artes y Letras de Cuba, y ese mismo año es nombrada Hija Adoptiva por el Ayuntamiento de Puerto de la Cruz. Ingresa en la Academia Cubana de la Lengua en 1959 y, nueve años más tarde, en la Real Academia Española. Recibe el Premio Miguel de Cervantes en 1992 y al año siguiente le conceden la Orden Isabel La Católica y el Premio Federico García Lorca.
En 1946, tras divorciarse de su primer marido, vuelve a contraer matrimonio con el periodista canario emigrado a Cuba Pablo Álvarez de Cañas. Es con él cuando la escritora pasa en Tenerife el verano en 1951. De esta estancia es de donde surge su libro Un verano en Tenerife, publicado en 1958 y donde recoge la historia y la realidad de la vida de los canarios vista con sus propios ojos, dedicando un capítulo a Santa Cruz, del cual destacamos:
«Se conservan en el Toscal los Chorros de la Reina Isabel, antigua fuente pública, donde todavía hace poco más de medio siglo se allegaban las vecinas y vendedoras de agua a recogerla de su caño.
Y mi marido, que nació en una de esas casitas de patio de jazmín y yerbaluisa, recuerda, cuando niño, a las lecheras que venían en bandadas, al amanecer, con los botijos en una cesta a la cabeza y los zapatos colgando de la cesta... No se calzaban los zapatos porque les molestaban, pero era cuestión de honrilla que se supiera que los tenían.»
28.469729, -16.248226