Viaje a las Islas Afortunadas
Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Literatura · Subcategoría: Fragmentos literarios · Año: 1879 · Autores: Jules Leclercq
Viaje a las Islas Afortunadas: cartas desde las Canarias en 1879 del jurista, geógrafo, viajero y escritor Jules Leclercq (Bruselas, 1848-1928) fue impreso en París en 1880. Leclercq fue un viajero profesional e incansable que recorrió todo el mundo por el mero placer de viajar, desembarcando en Santa Cruz de Tenerife el 17 de julio de 1879. De forma súbita se sintió atraído por la presencia de una población totalmente diferente a lo que él estaba acostumbrado, captando y retratando con un espíritu de observación sorprendente a personajes, costumbres, calles, casas, fiestas populares, actividades y oficios, indumentarias, alimentación y todo tipo de singularidad etnográfica que le llamara la atención.
Al desembarcar en Santa Cruz en aquel verano de 1879, en medio de un calor agobiante, recorre la ciudad, siendo recibido con extrema hospitalidad y cortesía. La plaza del Príncipe, con su frondosa vegetación le extasía, dedicándole las siguientes palabras:
«En Santa Cruz, como en todos los países cálidos, la hora más agradable de la jornada es la del paseo vespertino. Son momentos de alivio del agobio, de la atonía del cuerpo y del alma. Al fin se respira y, hacia las diez de la noche, la temperatura es deliciosa.
Detrás de la iglesia de San Francisco, hay un paseo que no se parece a ningún otro. No hay en España alameda comparable. Ni el Prado de Madrid, ni el Cristina de Sevilla, ni Le Cascine de Florencia admiten comparación. Este paseo, verdadero jardín de Arminda, se llama plaza del Príncipe. Está sombreado por magníficos laureles de Indias que, en pocos años, han alcanzado la altura de nuestros robles. Ésta es la perla de Santa Cruz.
Pero aún más encantador que el paseo son las paseantes que vienen a lucirse aquí cada tarde; costumbre, por no decir pasión, que se encuentra en todos los rincones de España. ¡Qué prestancia, qué cimbreantes talles, qué espléndidas cabelleras criollas! Bajo este bendito cielo, se pasean escotadas, con los brazos desnudos como en traje de baile. En su coqueta manera de llevar la mantilla sobre la peineta de carey y, sobre todo, en el complicado arte del manejo del abanico, hay todo un arsenal de seducciones capaces de fundir las nieves del Pico de Tenerife. ¡Ay, qué acierto tienen al conservar la mantilla! Éste es el tocado que mejor sienta a las damas y, con toda razón, ha podido decir Gautier que una mujer tiene que ser muy fea, hasta dar miedo, para no parecer bonita con una mantilla. ¿Será la razón por la que sólo he visto mujeres lindas en la plaza del Príncipe? ¿O será que tienen ocultas a las feas? [...]».
28.468295, -16.250119