Auditorio de Tenerife

Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Espacios culturales · Subcategoría: Teatros · Año: 2003 · Autores: Santiago Calatrava Valls

Desde la década de los años ochenta del siglo XX el levantar un auditorio en la ciudad fue una idea perseguida por la autoridades. Se estudiaron varios emplazamientos para ello, pero tras la adjudicación de la obra al ingeniero y arquitecto Santiago Calatrava en 1993, el técnico propuso edificarlo al borde del mar, en la nueva zona de expansión urbana de ese momento, al lado del Castillo de San Juan, en un lugar donde se convirtiera en un hito icónico y referencial de la ciudad, siguiendo las conductas tan características de la arquitectura mundial de finales de siglo.
El programa de partida era la realización de un edificio para representaciones musicales y operísticas, pero que debía de ser capaz también de acoger otras funciones como la danza, teatro e incluso exposiciones y congresos. La flexibilidad exigida por este programa tan versátil, aleja el resultado de cualquier tipología específica, lo cual fue inteligentemente aprovechado por Calatrava para componer una escultural figura de fuerte carga iconográfica y simbólica.
El resultado final del proyecto corresponde al lenguaje habitual del técnico valenciano que, mediante formas atrevidas y escultóricas, mezcla la tensión estructural con la expresividad técnica. En el exterior destaca la gran concha u ola marítima que se eleva por encima de la sala sinfónica, situada sobre un plinto que sirve a la vez de plaza pública y de espacio en el que se integran los servicios administrativos del edificio. En el interior un enorme vestíbulo da acceso a dos salas: la principal bajo un cono curvo da aforo a 1.716 personas y la más pequeña o sala de Cámara, con un aforo de 400 asistentes.
Durante el periodo de su construcción (1996-2003), los retrasos, problemas técnicos y variaciones de presupuesto, ocasionaron fuertes controversias. Sin embargo, la obra se convirtió, en ese momento, en un factor fundamental a la hora de colocar a la ciudad en el mapa, no solo por su funcionalidad cultural, sino también por ser reclamo turístico y comercial. El Auditorio de Tenerife se inscribe directamente en esa tendencia, tan en boga a finales del siglo XX, de dotar a las ciudades de una obra de prestigio internacional que reflejara la arquitectura más espectacular del momento.

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