Primera estancia en Tenerife (1820-1830)
Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Literatura · Subcategoría: Fragmentos literarios · Año: 1820-1830 · Autores: Sabino Berthelot
Sabino Berthelot (Marsella, 1794-Santa Cruz de Tenerife, 1880) fue un naturalista francés autor de la importante obra Historia Natural de las Islas Canarias, redactada en colaboración con P. Barrer-Webb. Berthelot se convirtió en prehistoriador y en uno de los pioneros de la antropología en Canarias. Después de cursar estudios de Ciencias Naturales, durante su juventud se enroló en varios navíos de la marina francesa y en mercantes en ruta hacia las Antillas. A comienzos de 1820 llegó a Tenerife por primera vez, residiendo en la Isla durante unos diez años. En La Orotava fundó un liceo, donde trabajó como docente, haciéndose cargo del Jardín Botánico del Puerto de la Cruz. Regresó a París donde publicó varios libros sobre el Archipiélago y en 1847 fue nombrado cónsul de Francia en Canarias, viviendo en Tenerife desde esa fecha hasta su muerte en 1880. Ampliamente adaptado en la sociedad isleña, en 1876 fue nombrado hijo adoptivo de Santa Cruz y en 1901, casi veinte años después de su muerte, la ciudad le puso su nombre a la que por aquel entonces se denominaba calle de las Flores, que conecta la plaza de Weyler con la de Ireneo González.
En su primera estancia en Tenerife entre 1820 y 1830, Berthelot escribió Miscellanées Canariennes. Es en este libro donde el polígrafo francés, en su segundo capítulo, hace una descripción de Santa Cruz de Tenerife. Destacamos un fragmento en el que se nos cuenta cómo eran las fiestas del carnaval de Santa Cruz en la tercera década del XIX.
«Es carnaval. Las noches de carnaval convocan a los danzantes y la locura agita sus cascabeles. Desde todos los puntos vienen grupos de jóvenes muchachas que se dirigen al Castillo de San Cristóbal, donde el gobernador celebra una fiesta. Los brillantes atuendos que visten las jóvenes atraen a galantes caballeros. Por la forma de saludarse se veía que todos se conocían. Se invitaba a bailar a las jóvenes y todo eran reverencias, conversaciones chispeantes, anhelos amorosos, miradas encendidas que se intercambiaban entre unos y otras al pasar. En plena calle se improvisaba un baile. ¡Esto era encantador!
La animación reinaba en la ciudad: por todos sitios, parrandas y grupos bailando: los tocadores de guitarra canturreaban bajo los balcones y unas notas de piano, que llegaban hasta la calle, hacían de señuelo para las máscaras. En este instante desembocaba por la calle del Castillo una alegre comparsa. Jamás había visto nada más extravagante; una compañía de aficionados recorría los salones en los que se representaba una comedia de nuestro Moliére, el Anfitrión, traducido en verso castellano por un poeta local. Esto merecía la pena verlo [...]».
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