Matadero municipal
Las Palmas de Gran Canaria · Categoría: Memoria · Subcategoría: Espacios de la memoria · Año: 1860 · Autores: Manuel de Oraá
La ciudad de Las Palmas de Gran Canaria contó por vez primera con una plaza de abastos en condiciones en el avanzado año de 1787. Con un mercado que pretendía, ante todo, restringir la venta ambulante y dar forma, a la vez, a un modo de vivir más civilizado tal y como históricamente se hacía en la España peninsular. Para ello, el corregidor José Eguiluz tuvo la iniciativa de aglutinar en un rincón de la población a buena parte de los mercaderes, sobre un mismo punto de venta, en la margen izquierda de la desembocadura del barranco de Guiniguada.
Esta medida sería, andando el tiempo, el germen de un proyecto más ambicioso que vendría en forma de edificación en pleno siglo XIX. La ciudad, por entonces, compuesta en esencia por los barrios de Triana y Vegueta, se acostumbró a tener cerca este punto de venta y parecía idóneo que fuese allí, precisamente, el lugar en el que se levantaría la gran plaza de abastos que la urbe se merecía.
El mercado de Las Palmas fue una iniciativa pública encaminada a convertir este sector de la población en un núcleo comercial con el ánimo de dar a la ciudad un centro cívico estable. La ciudad no tenía entonces, en 1840-1850, ningún aliciente arquitectónico que le otorgase una imagen pública, y si exceptuamos los centros religiosos, en especial la Catedral, y las viviendas señoriales contenidas en el barrio de Vegueta, pocos puntos más de referencia existían en el área capitalina. No se habían construido aún las Casas Consistoriales como hoy las conocemos, ni el Teatro Pérez Galdós, y la remodelación urbana tenía como adalid el derribo, al efecto de la obtención de solares, de los antiguos conventos afectados por la desamortización. De manera que la construcción de un mercado precisamente en ese punto, en bocabarranco, en la medianera de los barrios de Vegueta y Triana, establecía inevitablemente el punto de partida del anhelado centro social de la nueva ciudad. Allí, con el tiempo se levantaría no sólo el mercado, sino las pescaderías (1874), el matadero municipal (1860), el puente de palo (1862) y el teatro Tirso de Molina (1890) que a los pocos años, en 1900, sería rebautizado como Pérez Galdós. [Extraído de Gran Canaria Gourmet]
El matadero, proyectado por el arquitecto Manuel de Oráa en 1860, se levantó junto al mercado y consistía en un sencillo edificio de una planta, al que se accedía a través de un puerta terminada en arco de medio punto, de manera compaginada con el par de ventanas situadas a ambos lados. Las paredes laterales del edificio también contaron con ventanas de medio punto; solo la fachada trasera era diferente, con una puerta y dos alargados vanos cuya altura era menor que su anchura. El interior se compartimentaba en tres áreas, dos de ellas flanqueaban el alargado zaguán que desembocaba en el recinto principal, con cubierta a cuatro aguas, mientras que la primera zona estaba cerrada por techo plano. Los trabajos fueron dirigidos por el maestro de obras Manuel González, asistido por el mampostero Manuel Pérez y el carpintero José Curbelo.
Juan José Laforet, cronista oficial de la ciudad, ofrece una explicación sobre el desaparecido Pago de las Tenerías, un barrio que se encontraba en el camino de San Cristóbal a San José cuando el actual polígono residencial era un mar de plataneras. "Las Tenerías eran unas cuantas casas donde vivía gente que se dedicaba al curtido de las pieles de las reses que mataban en el cercano matadero de Vegueta. Era una zona conocida por el mal olor que despedían las pieles y que acabó desapareciendo por la expansión de la Vega de San José y de la autopista".
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