Epidemia de fiebre amarilla

Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Memoria · Subcategoría: Testimonios · Año: 1810

Entre 1810 y 1811, en dos brotes consecutivos, Santa Cruz de Tenerife soportó con dramatismo y extenuación las consecuencias de una devastadora epidemia de fiebre amarilla. Fue la más violenta de cuantas había sufrido la ciudad hasta ese momento. De una población de aproximadamente 7.000 habitantes, enfermaron 2.642, de las que fallecieron 1.622. Un verdadero desastre desde el punto de vista demográfico y económico; un auténtico frenazo para Santa Cruz en su ahínco, de ese momento, de convertirse en la población más pujante del archipiélago canario.
La fiebre amarilla o vómito negro es una enfermedad infecciosa cuyo cuadro clínico se manifiesta por medio de fiebre alta, ictericia o coloración amarillenta de la piel, vómito sanguinolento oscuro, cefalea y, en su fase crítica, delirio, convulsiones, coma y muerte. Su período de incubación es de 3 a 6 días. 
La enfermedad desembarcó en Santa Cruz en septiembre de 1810. Arribó, posiblemente, en algún barco procedente de Cádiz con destino a Puerto Rico. El primer caso señalado por los médicos locales fue diagnosticado el 12 de octubre a una parturienta que vivía en una fonda situada en la calle del Tigre (hoy Villalba Hervás), lugar en donde se habían hospedado una buena parte de los viajeros desembarcados de los barcos sospechosos. La enfermedad llevaba casi un mes campando a sus anchas por la población sin ser detectada. A finales de ese mismo mes de octubre, tan solo dos semanas después de ser localizado el primer caso, los infectados eran ya 45 y los fallecidos cinco. Rápidamente, la ciudad se convirtió en un territorio contagioso y se procedió a su cierre tanto por mar como por tierra. Santa Cruz quedó en un total aislamiento por medio de un cordón sanitario que evitara la propagación de la enfermedad tanto hacia el interior de la Isla, como hacia el resto del Archipiélago.    
A mediados de enero de 1811 las medidas impuestas por una junta sanitaria constituida al efecto comenzaron a dar resultados y la epidemia comenzó a remitir. Se dio oficialmente por terminada el 26 de enero, más de tres meses después de la haberse detectado el primer caso. El cordón sanitario se mantuvo dos meses más por precaución, lo que provocó en la población chicharrera tensiones y tumultos por la falta de productos básicos y frescos. Santa Cruz quedó definitivamente liberada por orden del comandante general el día 1 de abril. Llevaba clausurada casi seis meses.
Cuando parecía que todo volvía a la normalidad y la ciudad comenzaba de nuevo a levantar la cabeza, las cosas se volvieron a poner muy feas. En septiembre de ese año de 1811, tras seis meses libres de contagios, aparecieron cuatro nuevos casos de fiebre amarilla. Parece que el nuevo brote fue introducido por personas infectadas anteriormente que, saltándose el confinamiento, se habían refugiado en el interior de la isla y había vuelto a la ciudad. En muy poco tiempo, antes de acabar ese mes de septiembre, ya se contabilizaban 38 enfermos. De nuevo se impusieron las medidas tomadas con anterioridad, que se mantuvieron hasta finales de 1811, cuando pareció que la situación ya estaba controlada. 
Esta grave epidemia contagió, en sus dos fases, a 2.642 personas, de las que fallecieron 1.622. La mortandad afectó a todas las clases sociales sin distinción, de vagabundos a mariscales de campo y vizcondes. 
Fue tanta la mortandad que el Ayuntamiento procedió a la construcción del primer cementerio civil levantado en Canarias, el de San Rafael y San Roque, construido a las afuera de lo que era Santa Cruz por aquel entonces.

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