Una excursión a las Islas Canarias

Santa Cruz de Tenerife · Categoría: Literatura · Subcategoría: Fragmentos literarios · Año: 1882 · Autores: Adolphe Coquet

Jean-François Adolphe Coquet (La Guillotière, 5 de marzo de 1841 - Lyon, 8 de diciembre de 1907) fue un arquitecto francés que visitó dos veces las islas Canarias. La primera vez en 1882, con motivo de la erección del mausoleo para el marqués de la Quinta Roja, situado en los jardines del antiguo hotel Victoria de la Orotava; y la segunda en 1889, para realizar los planos del sanatorio Gran Hotel Taoro, en el Puerto de la Cruz.
Las impresiones de Adolphe Coquet, en su primer viaje al Archipiélago, fueron publicadas en 1884 en París bajo el título Une excursión aux Îles Canaries. En ellas, el arquitecto, destacado masón y miembro de las sociedades científicas más prestigiosas de su país, nos detalla las majestuosas vistas del macizo de Anaga, su aislado faro y la imagen pintoresca de lo que él denomina: "la aldea de Igueste". Lo hace con las siguientes palabras:
«La primera impresión que me ofrecen las Islas Afortunadas nada guarda relación con los Campos Elíseos, pues el extremo nordeste de la isla de Tenerife, la Punta de Anaga, está formada por desprendimientos de negras rocas volcánicas que se superponen y se amontonan, dejando entre ellas profundos barrancos, paredes cortadas a pico que muestran el más espantoso caos que uno pueda imaginar, aunque esta naturaleza, dentro de su horror, es hermosa, sorprendente y provoca mi admiración.
Un nubarrón envuelve todas las cumbres; la tierra, constreñida entre el cielo y el mar, parece aplastada; todo es salvaje, árido y caótico. Un punto blanco en las rocas abruptas, a una altura de 247 metros sobre el nivel del mar, nos señala el faro que desde las cimas salvajes envía a lo lejos su resplandor protector.
Viajaba a bordo del América, vapor que cada dos meses realizaba el servicio de correos entre la Península y Canarias; en mi opinión navegaba con demasiada rapidez, pues en cuanto se dobla un promontorio, le sigue otro, obstaculizando el panorama, presentando siempre esta naturaleza atormentada, variada e imprevista, que atrae e interesa. Por doquier el suelo volcánico parece levantado por un cataclismo reciente. Por un lado, montones de cenizas negras y rojas con vetas de basalto entre ellas. Por otro, la lava, inmensa corriente súbitamente detenida en su carrera, grandiosa muralla que domina las olas que rompen espumeantes en su inalterable base.
Según avanzamos, el paisaje empieza a transformarse. En las hondonadas de las rocas, los brezos en flor extienden sus mantos blancos. En los barrancos profundos, en los que se concentra la humedad, aparece una vegetación lujuriante. Las laderas se suavizan y la playa empieza a extenderse tímidamente sobre la orilla.
Por fin se divisa una aldea, es Igueste, formada por unas míseras cabañas que se agrupan en una de las numerosas grietas de la montaña. También aparecen las palmeras precursoras de esta vegetación tropical que tanto abunda en la isla y la embellece.
El aire es cálido y húmedo. Una brisa ligera templa los primeros rayos de este sol de los trópicos que nos envuelve en vapores y acumula las brumas por encima de nosotros.» 

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