Ataque de Drake (y Hawkins)
Las Palmas de Gran Canaria · Categoría: Memoria · Subcategoría: Lugares históricos · Año: 1595
La defensa y el rechazo que Las Palmas de Gran Canaria efectuó en octubre de 1595 ante el ataque de la temible flota inglesa comandada Francis Drake y John Hawkins, es uno de los hechos más significativos y prestigiosos de toda la historia de la ciudad.
En 1595, en el marco del hostigamiento de la Inglaterra de Isabel I a la España de Felipe II tras el desastre de la Armada Invensible, los dos navegantes más famosos de la corona británica, John Hawkins y Francis Drake, conocidos como “Los perros de la reina”, ambos grandes conocedores de las islas Canarias, se pusieron al frente de una ambiciosa expedición cuyo principal objetivo era ocupar Panamá, para así dividir en dos las posesiones españolas en América y controlar el lucrativo comercio del Pacífico. Canarias no entraba, en principio, en estos planes.
La expedición militar zarpó de Plymouth el 7 de septiembre de 1595. Estaba compuesta por veintiocho navíos con 4.500 hombres, 1.500 marineros y 3.000 soldados de infantería; la mayor flota inglesa enviada hasta ese momento contra la América española.
Atacar Las Palmas fue idea exclusiva Drake, que improvisó sobre la marcha un asalto al principal puerto de esta parte del Atlántico. Pretendía con el saqueo aprovisionarse de víveres, ensayar futuras estrategias bélicas y obtener un cuantioso botín que estimulara a sus soldados. John Hawkins, por el contrario, nunca vio clara la misión: demasiado riesgo para tan poca ganancia y además, perderían el factor sorpresa al correr la noticia del ataque hasta América; pero dejó hacer a su compañero. El 4 de octubre pusieron rumbo a Canarias.
En el amanecer lluvioso del viernes 6 de octubre de 1595 se presentó ante Gran Canaria la enorme escuadra. La sorpresa en Las Palmas fue descomunal. La presencia de la silueta de veintiocho navíos en la bahía configuraba una escena sobrecogedora. John Hawkins en su barco Garland, en retaguardia; Drake en el Defiance, en vanguardia; todos anclados en El Golfete, frente a la costa noreste de La Isleta.
Inmediatamente, la fortaleza allí ubicada avisó de la amenaza a la población mediante un cañonazo, a la vez que la atalaya daba parte mediante señales de humo y fuego. Pronto se organizó la defensa de la ciudad bajo el mando del gobernador Alonso de Alvarado. Se reunió gente en la plaza mayor y las campanas de la catedral tocaron a rebato. Las medidas tomadas fueron: dotar de más pólvora y armamento a la fortaleza de la Isleta, realización a toda prisa de trincheras con sacos en los arenales de Santa Catalina, refuerzo del torreón de Santa Ana, y disposición de unos mil quinientos hombres de a pie y de a caballo, sin experiencia en combate ni instrucción militar, a lo largo de la línea costera. Todo quedó bajo la coordinación del teniente Antonio Pamo Chamoso. Hubo algún desacuerdo en la estrategia de defensa por parte de miembros de la Audiencia, que veían más seguro el encerrarse dentro de las murallas de la ciudad a la espera de los invasores. Esta idea fue totalmente rechazada por los militares al mando, que lo que tenían claro era evitar que los ingleses tocaran tierra.
Entre las diez y las once de la mañana una carabela y una lancha en la que venía el propio Drake se acercó a tierra con el objetivo de reconocer la situación, observar con detenimiento el tipo de costa en la que desembarcar y marcar con boyas el lugar para la aproximación. Al poco, tras un cañonazo, comenzó el ataque. La dirección del desembarco la llevó personalmente Drake. Se adelantaron tres buques protegiendo a casi una treintena de lanchas de desembarco con 1.400 arcabuceros a bordo que enfilaron los arenales de Santa Catalina. El fuego comenzó sobre el mediodía, cañoneando desde las naves inglesas la costa. Se respondió desde tierra por medio de la fortaleza de La Isleta (poco eficaz) y desde la línea costera. Las barcas se acercaban a remo disparando constantemente sus armas de fuego, pero la arcabucería desde las trincheras y los cañones desde las baterías provocaron el rechazo. Los invasores lo intentaron varias veces, pero siempre recibieron mucho daño. Drake, convencido ahora de lo inútil de su acción, ordenó a las naves derivar hacia el sur, hasta colocarse frente al castillo de Santa Ana, que los recibió con una descarga de más de treinta piezas en un corto espacio de tiempo. Tras hora y media de combate, los ingleses se retiraron hacia donde se encontraba fondeada el resto de su armada. Imaginamos el sarcástico recibimiento de Hawkins que lo había visto todo a distancia.
Aquella tarde la armada inglesa se mantuvo amenazante frente a la ciudad. En tierra, la noche fue de vigilia, con refuerzo en el litoral. Al amanecer la flota derivó hacia el sur. El día 8 de octubre los ingleses fondearon y desembarcaron en Arguineguín con el objetivo de hacer aguada. Allí fueron atacados por un grupo de milicianos canarios al que se unieron pastores de Fataga, labradores y vecinos del lugar. Mataron a varios ingleses y capturaron a dos.
La flota inglesa se alejó de Gran Canaria hacia La Gomera, donde pudo hacer furtivamente aguada. La noche del 9 de octubre la escuadra dejó definitivamente Canarias con el resultado, tras su fallido intento de invasión, de casi medio centenar de hombres muertos, numerosos heridos, además de cinco embarcaciones muy tocadas, una de ellas casi inservible.
En Las Palmas, tras el triunfo, todo fue fiesta y regocijo, no en balde habían rechazado a la mayor escuadra que se había presentado por estos lares hasta entonces. En la catedral hubo Tedeum; en los conventos y demás iglesias se celebraron ceremonias de acción de gracias. Por las calles corrieron coplas y canciones sobre la victoria. Tres grandes literatos escribieron sobre la hazaña: Gonzalo Argote de Molina, con un texto hoy perdido; Bartolomé Cairasco, en su Templo Militante; y Lope de Vega, con su obra La Dragontea.
El triunfo de la ciudad de Las Palmas sobre Drake (que en su historial particular había saqueado ya Cádiz, Vigo y diversos lugares de América, además de haberlo intentarlo en La Coruña, Lisboa y Santa Cruz de La Palma), supuso una enorme carga de confianza para la población isleña. Pero la alegría no duró mucho tiempo. La tranquilidad se vio rota tres años y medio después cuando un nuevo ataque, esta vez de origen holandés, dejaría en la ciudad, ahora sí, un rastro de miseria, muerte y destrucción.
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